La tarde del lunes fue una de las tardes más aciagas para la cultura. La Catedral de Notre-Dame, un monumento del que muchos adjetivos ya se han dicho y del que serían pocos para los que vienen, ardía en llamas. Gracias a Dios, el incendio que afectó a una parte importante de las bóvedas y la techumbre, no alcanzó a más zonas, y ya se está recaudando la cantidad pertinente para iniciar la reconstrucción de las partes dañadas, y la suma ya asciende a 800 millones.
Mis palabras van dedicadas a todos aquellos que han ido a verla y a los que, por desgracia, no hemos ido todavía a visitarla. Esa majestuosidad artística, hecha con la finalidad de consagrarla a la Virgen María, de ahí el Notre-Dame que viene a reseñar una vez más la consagración mariana de este arte, sobrevivió a todas las guerras que asolaron a Europa, también a esa desacralización que sufrió durante la Revolución Francesa, donde fue almacén y establo. Religiosamente, el terreno de la isla de la Cité ha sido de magna importancia desde los celtas; los romanos consagraron allí un templo a Júpiter y, desde el siglo XI hasta el 1164, nos encontramos con una Iglesia románica, que posteriormente daría paso a esta gran obra arquitectónica.
Aquí se llegó a coronar Enrique VI, rey de Inglaterra, en 1429, para demostrar su poderío contra los franceses, aquellos que gracias a la inestimable colaboración de la Hermandad de las Marismas le darían la vuelta a la tortilla en años posteriores a ese enfrentamiento, y posteriormente, Napoleón demostraría al mundo su grandeza imperial, coronándose él mismo ante la atónita mirada de Pío VII, que rebajaría la categoría de la Catedral de Notre-Dame a basílica menor. Por aquí han desfilado obras de arte, emperadores demostrando su poderío y grandeza, organistas como Louis Vienne que "nacieron" y murieron aquí. Decir que Notre-Dame derrocha historia es una perogrullada, pero nunca está de más decirlo, y su quema, más allá de las ideologías o pensamientos de cada uno, es un desastre, algo que no se puede consentir.
No es necesario tener sensibilidad artística, para la que no es menester el ser una persona "culta" o "formada", sino el tener al menos un ápice de sensibilidad, para estremecerte por esas imágenes tan dolorosas. Algo se muere en nosotros. Y algo se muere en nosotros cuando cualquier pieza artística de gran calibre sufre un daño de esas consecuencias.
Mensaje también para los gilipollas, y lo siento, no voy a moderarme en usar esta castiza palabra, que se afanaron en hacer chanzas sobre lo ocurrido, hablando del jorobado de Notre-Dame o de las subvenciones que Disney iba a dar para construir un nuevo EuroDisney donde la catedral (lo que esos mamones no saben - y pido disculpas a los lectores, pero no a esos individuos, por el uso de tan castiza expresión - es que la empresa del ratón ha subvencionado, al igual que el COI y otros organismos, la reconstrucción de las zonas dañadas). Y por supuesto, a todos aquellos que siempre han vituperado su odio contra todo lo cristiano y contra todo lo occidental, y que ese nefasto día no iba a ser una excepción en su muestra de rencor. Si el hablar de "la Iglesia que ilumina, es la que arde" o "monumentos del heteropatriarcado blanco, bla, bla", ya de por sí son sectarios y sin fundamento, decirlo en estas circunstancias, es de ser un auténtico bastardo. Como ya he dicho con anterioridad, y muchos que no tienen mis pensares incidieron en lo mismo, ante una catástrofe de esta magnitud, lo que hay que hacer es callar y mostrar apoyo. Yo lloré, derramé lágrimas, y cierto es que lancé mis sospechas contra la canalla morisma (recordemos que en 2017, un mahometano intentó entrar con un mazo a la Catedral), pero pronto, cuando los medios y autoridades pertinentes informaron de que se trataba de un accidente, algo normal en una construcción de mampostería que llevaba desde hace más de cien años sin restaurarse, olvidé todo eso.
A todos los que somos católicos, pedirles una oración, para proteger a la Catedral de Notre-Dame y a todos los monumentos consagrados a Cristo o la Virgen María, la madre de todos nosotros. No es victimista el decir que los cristianos somos perseguidos y asesinados a lo largo y ancho de todo el mundo, y hemos sufrido campañas de descrédito.
Pero en general, la conclusión que se ha de extraer, es que el arte no muere, si este es atesorado en nuestro corazón y espíritu, y que por primera vez en mucho tiempo, vi a la gente unida sin meter baza de manera arrabalera y cicatera, lamentándose por la muerte de patrimonio cultural, y se demostró una vez más que el arte, es el que mantiene unidos a las personas y que toda belleza supera a la cizaña y las disensiones que a todas horas nos atribula.
Pensaba que esta entrada estaría para el Domingo de Resurrección, y por eso, el simbolismo del título, pero aun así, todos los días hemos de tener presente que lo muerto, resucita, y que Notre-Dame no ha muerto del todo, pero resurgirá de manera fuerte, como el Ave Fénix, como otros tantos monumentos que han sido destruidos (los Budas de Bamiyán o la ciudad de Palmira).
Javier Ramos Beltrán, a 22 de abril, en Requena.
¡Viva la cultura occidental! ¡Viva la belleza que irradian todos nuestros monumentos!
Mis palabras van dedicadas a todos aquellos que han ido a verla y a los que, por desgracia, no hemos ido todavía a visitarla. Esa majestuosidad artística, hecha con la finalidad de consagrarla a la Virgen María, de ahí el Notre-Dame que viene a reseñar una vez más la consagración mariana de este arte, sobrevivió a todas las guerras que asolaron a Europa, también a esa desacralización que sufrió durante la Revolución Francesa, donde fue almacén y establo. Religiosamente, el terreno de la isla de la Cité ha sido de magna importancia desde los celtas; los romanos consagraron allí un templo a Júpiter y, desde el siglo XI hasta el 1164, nos encontramos con una Iglesia románica, que posteriormente daría paso a esta gran obra arquitectónica.
Aquí se llegó a coronar Enrique VI, rey de Inglaterra, en 1429, para demostrar su poderío contra los franceses, aquellos que gracias a la inestimable colaboración de la Hermandad de las Marismas le darían la vuelta a la tortilla en años posteriores a ese enfrentamiento, y posteriormente, Napoleón demostraría al mundo su grandeza imperial, coronándose él mismo ante la atónita mirada de Pío VII, que rebajaría la categoría de la Catedral de Notre-Dame a basílica menor. Por aquí han desfilado obras de arte, emperadores demostrando su poderío y grandeza, organistas como Louis Vienne que "nacieron" y murieron aquí. Decir que Notre-Dame derrocha historia es una perogrullada, pero nunca está de más decirlo, y su quema, más allá de las ideologías o pensamientos de cada uno, es un desastre, algo que no se puede consentir.
No es necesario tener sensibilidad artística, para la que no es menester el ser una persona "culta" o "formada", sino el tener al menos un ápice de sensibilidad, para estremecerte por esas imágenes tan dolorosas. Algo se muere en nosotros. Y algo se muere en nosotros cuando cualquier pieza artística de gran calibre sufre un daño de esas consecuencias.
Mensaje también para los gilipollas, y lo siento, no voy a moderarme en usar esta castiza palabra, que se afanaron en hacer chanzas sobre lo ocurrido, hablando del jorobado de Notre-Dame o de las subvenciones que Disney iba a dar para construir un nuevo EuroDisney donde la catedral (lo que esos mamones no saben - y pido disculpas a los lectores, pero no a esos individuos, por el uso de tan castiza expresión - es que la empresa del ratón ha subvencionado, al igual que el COI y otros organismos, la reconstrucción de las zonas dañadas). Y por supuesto, a todos aquellos que siempre han vituperado su odio contra todo lo cristiano y contra todo lo occidental, y que ese nefasto día no iba a ser una excepción en su muestra de rencor. Si el hablar de "la Iglesia que ilumina, es la que arde" o "monumentos del heteropatriarcado blanco, bla, bla", ya de por sí son sectarios y sin fundamento, decirlo en estas circunstancias, es de ser un auténtico bastardo. Como ya he dicho con anterioridad, y muchos que no tienen mis pensares incidieron en lo mismo, ante una catástrofe de esta magnitud, lo que hay que hacer es callar y mostrar apoyo. Yo lloré, derramé lágrimas, y cierto es que lancé mis sospechas contra la canalla morisma (recordemos que en 2017, un mahometano intentó entrar con un mazo a la Catedral), pero pronto, cuando los medios y autoridades pertinentes informaron de que se trataba de un accidente, algo normal en una construcción de mampostería que llevaba desde hace más de cien años sin restaurarse, olvidé todo eso.
A todos los que somos católicos, pedirles una oración, para proteger a la Catedral de Notre-Dame y a todos los monumentos consagrados a Cristo o la Virgen María, la madre de todos nosotros. No es victimista el decir que los cristianos somos perseguidos y asesinados a lo largo y ancho de todo el mundo, y hemos sufrido campañas de descrédito.
Pero en general, la conclusión que se ha de extraer, es que el arte no muere, si este es atesorado en nuestro corazón y espíritu, y que por primera vez en mucho tiempo, vi a la gente unida sin meter baza de manera arrabalera y cicatera, lamentándose por la muerte de patrimonio cultural, y se demostró una vez más que el arte, es el que mantiene unidos a las personas y que toda belleza supera a la cizaña y las disensiones que a todas horas nos atribula.
Pensaba que esta entrada estaría para el Domingo de Resurrección, y por eso, el simbolismo del título, pero aun así, todos los días hemos de tener presente que lo muerto, resucita, y que Notre-Dame no ha muerto del todo, pero resurgirá de manera fuerte, como el Ave Fénix, como otros tantos monumentos que han sido destruidos (los Budas de Bamiyán o la ciudad de Palmira).
Javier Ramos Beltrán, a 22 de abril, en Requena.
¡Viva la cultura occidental! ¡Viva la belleza que irradian todos nuestros monumentos!
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